
Cuchara común (Anas clypeata), una bella anátida con un curioso pico. Grafito sobre papel Caballo, 2008 50 X

Han pasado casi dos semanas del encuentro en Cáceres y todavía ando saboreando y asimilando todo lo vivido aquellos días. La experiencia me ha sido sumamente enriquecedora. En todos los sentidos. Y es por ello que he de expresar mi más sincero y profundo agradecimiento. A Extremadura, por sus paisajes, sus aromas, sus luces y la riqueza de vida que atesora. A Cáceres por su hospitalidad y acogida; por la belleza de sus calles antiguas; por su convivencia con las aves. A Juan Varela, José Antonio Sencianes, Francisco J. Hernández, Manuel D. Galeote, Manuel Sosa, Regla Alonso, Rosalía Martín, Catalina Somolinos y Chiqui Díaz por todo lo compartido; por su generosidad; por su entusiasmo y pasión en lo que hacen; por transmitirlo; por su compromiso con la vida. A Fernando, por su apoyo constante; por su amistad sincera y desinteresada; por su empeño en querer un mundo mejor para todos. Y a todos aquellos que en los dos meses de vida que tiene este humilde blog se han detenido unos instantes a contemplarlo y han dejado sus comentarios, siempre elogiosos de lo que aquí muestro. A todos, INFINITAS GRACIAS. Ilustro la entrada con una de las obras que pudo verse esos días en la exposición. Un alzacola (Cercotrichas galactotes) posado en lo alto de una chumbera (Opuntia picus indica) haciendo gala del porque de su nombre. La chumbera está trabajada en varias sesiones del natural, siempre a la misma hora. Grafito sobre papel, 2008 63 x

Todavía a día de hoy continuo conmocionado por todo lo vivido estos días en Cáceres. Los paisajes extremeños, la luz, los aromas, el encanto de la ciudad de Cáceres, la vida que palpita en cada rincón... Y sobretodo el tiempo compartido con los compañeros de pinceles e inquietudes. Inexplicable. Impagable. Una gozada verles trabajar en directo. Un deleite poder contemplar en vivo sus obras. Uno se da cuenta lo pequeño que es, cuánto hay por aprender. Paisaje de la dehesa en Villa del Rey, mayo 2009 Grafito sobre papel 297 x

El próximo viernes día

Primeros instantes de un nuevo día. Como suele ser habitual, un pequeño grupo de 8-10 piquituertos se posan en los restos de un árbol de buen porte. El sol ilumina las ramas más altas y en ellas, estas aves de retorcido pico, se solean y acicalan su plumaje, momentos que aprovecho para tomar unos rápidos apuntes antes de que inicien su actividad.

Tengo la suerte de tener (entre otras cosas) por vecinos, muy cerca de casa, a una pareja de cernícalos vulgares que me brindan la oportunidad de observarles muy a menudo. En especial la hembra, que parece ser más confiada que el macho y tolera más mi presencia, dedicándose a sus tareas habituales ignorándome por completo. Bueno, del todo se yo que no. Como buena rapaz que es, nada ni nadie escapan a su penetrante mirada. Hace unos días pude observarla durante bastante tiempo, no se cuánto, la verdad, una porque desde hace varios años he dejado de llevar reloj y otra, porque cuando estoy en el campo pierdo la noción de la medida del tiempo tal y como la tenemos los humanos. Ese día se encontraba posada en lo alto del esqueleto de lo que un día sería sin lugar a dudas un magnífico almendro. Estaba quieta, tan sólo realizaba giros con la cabeza. Desde su posición dominaba unos terrenos, abandonados hoy en día para el cultivo y que por tanto habían sido colonizados de nuevo por diferentes especies de matorrales. De pronto, saltaba como un resorte, realizaba un rápido y suave planeo, deslizándose a un punto concreto, para dejarse caer de pronto, unas veces después de un leve cernido, como una piedra. Otras veces, directamente. En ocasiones realizaba dos o tres saltos por el suelo, como persiguiendo algo. Después reemprendía el vuelo regresando de nuevo al almendro. Si llevaba las patas colgando y una de las garras cerrada, apretada, es que la cacería había tenido éxito. Una vez de nuevo en su rama, daba cuenta de su presa. Insectos y algún que otro roedor fueron su dieta. Era increíble, como era capaz de distinguir entre la maraña de ramas, hojas, flores y piedras los animales que allí se escondían. Podía haber perfectamente de

La primavera trae innumerables cambios, creo que es algo que no se le escapa a casi nadie. Entre ellos, unas aves se marchan de nuestras tierras y, otras hacen justo lo contrario, poblando de nuevo nuestros campos para iniciar una etapa muy importante de su vida: la reproducción. La continuidad de la especie. Alcaudones y collalbas son algunas de ellas. Grafito sobre cuaderno Moleskine.

Está fue mi primera incursión con el óleo, en la que experimenté sobretodo con las texturas de las hojas y los reflejos y transparencias del agua. Aunque había mucho que mejorar, lo cierto es que me encantó trabajar con el óleo y con el sigo. Comentar que el óleo empleado en esta obra no es el usual de toda la vida, sino el soluble con agua, con lo que evitamos la utilización de la esencia de trementina y por tanto su toxicidad. Quizás como pega tiene que a la hora de mezclar los colores o conseguir una mayor fluidez del color, la mezcla y la disolución con el agua es más costosa comparada con el óleo tradicional. Los resultados, eso sí, los mismos. Óleo sobre tabla, 1999

Restos de una época pasada en la que se obtenía prácticamente todo de la tierra. Ayudándose de ribazos creados con piedras, se creaban terrazas en las laderas del monte para poder cultivar. Hoy, la mayoría de esos campos están abandonados. La montaña está recuperando lo que es suyo. Como testimonio han quedado esos muros de piedra, muchos se van derrumbando, y árboles muertos como el almendro.
En esta pintura he reunido tres elementos que me encanta pintar; las piedras, los troncos de los árboles y, por supuesto, las aves.

El gorrión común es un ave que tenemos tan cerca y a la que vemos bastante a menudo, que nos pasa desapercibida. Este es un estudio de machos de esta especie, que en esta época andan enzarzados en peleas entre ellos a la conquista de las hembras, aportando material para el nido y, entre unas cosas y otras, hay que acicalarse el plumaje.
