
Después de dos semanas bastante atareadas, el pasado domingo necesitaba una escapada al campo. Necesitaba sentir el viento y el recién llegado sol primaveral impactar sobre mi piel. Necesitaba oler esos frescos aromas con que esta estación nos obsequia. Rozar con los dedos las briznas de hierba que alimentadas por las copiosas lluvias de este invierno que nos acaba de dejar, han alcanzado portes considerables y crecen de manera exuberante por todas partes. Necesitaba pisar y sentarme sobre esa tierra que nos sustenta; esponjosa, fértil, y que ha absorbido hasta saciar su sed esas generosas aguas a las que hacia mención.
Necesitaba descargarme sobretodo mentalmente y, que mejor manera que utilizar el cuaderno de campo para intentar plasmar aquello que me llamara la atención de esa naturaleza que me rodeaba y me arropaba, relajándome. Empecé a observar todo a mí alrededor. Los almendros, vestidos de verde intensos, todavía conservaban algunos de ellos algo de flor, más tardía este año. Jilgueros, verderones, verdecillos, mirlos, zorzales charlos, currucas... de aquí para allá, adornando las ramas más sobresalientes, cantando incesantemente, estableciendo y defendiendo sus territorios, intentando conquistar a las hembras. Pasé un buen rato embelesado contemplando todo aquel espectáculo, con el lápiz en la mano, pero dibujando todo aquello con los ojos y la mente. Sin duda no queriendo bajar la mirada hacía el papel y perderme algún detalle de todo aquello, por insignificante que fuera.
Al cabo de un rato, un precioso macho de tarabilla común (Saxicola torquata) se fue acercando hasta donde yo me encontraba, hasta colocarse en una altiva rama de un tocón de almendro. Sin duda quería acaparar toda mi atención y desde luego lo consiguió. Observe su ir y venir de una rama a otra, sus escarceos al suelo intentando sorprender a algún insecto. Sus movimientos oscilantes acompañados de su corto y seco reclamo, emitido de manera incansable. Al final pude tomar unos pobres apuntes que desde luego no captaron la belleza de esta pequeña ave pero, desde luego lo que si consiguieron fue desintoxicar mi mente y recargar las pilas para unas próximas semanas atareadas.


















