
Un macho de triguero (Miliaria calandria) lanza su canto desde la rama más prominente de su territorio en una recién comenzada mañana de abril. Con ese canto, muy repetitivo, por cierto, además de enriquecer la banda sonora de nuestros campos, es utilizado para emitir mensajes. Entre otros, advierte a posibles competidores de que esa parcela ya tiene dueño y que está dispuesto a defenderla. Así que tendrán que buscar otra. Y mientras observo a este escribano en sus tareas, reparo en la ocupación y transformación a la que sometemos a nuestro paisaje. Carreteras, núcleos urbanos, cables, edificaciones de todo tipo, más cables, postes, vallas, muros, tierras de cultivos... Asfalto. Cemento. Hierro. Plástico. Ocultando cualquier vestigio de vida. Es cierto que animales y plantas compiten por un espacio en el que vivir y en el que reproducirse. Pero lo hacen según las reglas establecidas por la Naturaleza. Nosotros nos hemos saltado todas y cada una de esas reglas. Es más, hemos creado las nuestras propias, que no benefician ni siquiera al mismísimo ser humano. Bueno, sólo buscan beneficiar a un reducido y selecto número de esos seres humanos. Es por eso mayor mi admiración si cabe hacía esos animales y plantas que en estos días primaverales llenan nuestros campos, montes, ríos, lagos, bosques, pueblos, ciudades... desafiando y superando todos los obstáculos que les interponemos, adaptándose, intentando incluso sacar provecho, dotando nuestro entorno de luz, color y música aunque la mayoría de nosotros no nos percatemos. La vida en su irrefrenable carrera de crear vida, pese a todo y pese a nosotros.
Cantos de abril. Triguero. Grafito sobre papel Caballo, 30 X


















